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7 Mitos de la Producción Alimentaria

3. Calidad nutricional
El mito: Los alimentos industriales tienen la misma o mayor calidad nutricional que los tradicionales, porque son más modernos.

Muchos alimentos modernos son “enriquecidos” con vitaminas, minerales y otros nutrientes sintéticos, algo que la agroindustria no deja de señalar en su publicidad.
La razón por la cual los alimentos necesitan ser así “enriquecidos” con nutrientes artificiales, es que han perdido sus nutrientes naturales. Esto se debe a que los procesos de selección de la semilla industrial están orientados a aumentar la velocidad de crecimiento, el tamaño y la adaptación a los químicos de los productos, no su calidad nutricional. Podemos ver esto, por ejemplo, en el haba: un producto que antes necesitaba de 10 a 14 meses para ser cosechado, dando un grano pequeño y duro, lleno de fibra. El haba industrial actualmente demora alrededor de 5 meses para producir un grano el doble de grande, blando. Para lograr esto, se seleccionó habas que se hinchen rápidamente de agua, en lugar de producir fibra, que demora mucho más tiempo en ser creada por la planta. El problema es que los nutrientes se almacenan en la fibra del grano, no en el agua; por ello, una de las pequeñas habas tradicionales es mucho más nutritiva que un haba industrial.

La baja calidad nutricional de la semilla moderna se combina con el agotamiento de los suelos para producir un fenómeno demostrado: la erosión de nutrientes en los cultivos modernos. Un estudio señala que en 1914, la col tenía 315.5 miligramos de calcio, magnesio y hierro sumados por cada 100 gramos de alimento. Para 1993, este valor había decaído a 62.59 miligramos, es decir, apenas el 19.8% del valor anterior. El mismo estudio encontró que la lechuga y la espinaca tenían en 1993 el 8.6% y 43.7% respectivamente, de los valores que tenían en 1914, para esos nutrientes. Por otra parte, un estudio de la USDA señala descensos en varios nutrientes esenciales de entre el 6% y el 38% entre 1950 y 2004.

La agricultura industrial promueve una simplificación nutricional, basada en conocimientos científicos del siglo dieciocho que han sido desde entonces desmentidos. Básicamente, este modelo sostiene que las plantas dependen del aporte de tres macronutrientes (nitrógeno, fósforo y potasio) y pequeñas dosis de otros minerales (micronutrientes). Pero hoy sabemos que las plantas no necesitan solamente de un puñado de nutrientes, sino de una compleja red de relaciones en el suelo y el ambiente que las rodea, de las que depende su capacidad de alimentarse, la calidad de sus nutrientes y su salud en general. Si las forzamos a producir en condiciones de simplicidad nutricional, producen alimentos con deficiencias nutricionales. Y como consecuencia nosotros también tenemos esas deficiencias, que se manifiestan en enfermedades crónicas y degenerativas.

Los alimentos con identidad cultural suelen tener un alto valor nutricional: humitas o choclotandas en tiesto de barro.

Los alimentos con identidad cultural suelen tener un alto valor nutricional: humitas o choclotandas en tiesto de barro.

4. Salud
El mito: Los agroquímicos no causan daño a la salud, los productos orgánicos sí causan daño, porque se cultivan con deshechos, incluso estiércol.

La mayoría de los agroquímicos se lanzan al mercado sin estudios suficientes sobre sus efectos en la salud humana, o a pesar de que han sido demostrados ya sus efectos negativos.
Los agricultores sufren directamente estos efectos. La exposición directa a los agrotóxicos puede causar envenenamiento, que se manifiesta por ejemplo con náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, reacciones alérgicas, dolor abdominal, pérdida masiva de líquido gastrointestinal, vómito, pérdida de conciencia, destrucción de glóbulos rojos, electrocardiogramas anormales y daño o falla renal. La Organización Mundial de la Salud estima que cada año se producen 25 millones de intoxicaciones por agroquímicos en el mundo, el 99% de las cuales ocurren en países “en desarrollo”. Estos venenos pueden entrar por las vías respiratorias, por las mucosas, por los ojos, por la piel.
La exposición ocasional a dosis menores de estos químicos genera efectos de largo plazo, a menudo resultado de la combinación de varios productos, por lo que resulta difícil trazar la causa exacta. Estudios ligan los agrotóxicos a un amplio espectro de dolencias, desde la gastritis y las alergias cutáneas hasta el cáncer y los problemas hormonales. En zonas de grandes monocultivos son comunes los casos de cáncer, abortos, nacimientos de niños deformes, y otras afectaciones; por ejemplo, en la zona papera de Carchi, Ecuador, se estima que el 40% de la población campesina sufre de daños neurológicos debido al uso de pesticidas.

La afectación llega también a los consumidores. Varios estudios ligan el consumo de agroquímicos en la dieta al descenso de la fertilidad en poblaciones humanas, que en casos como el europeo llega ya al 50%. Los químicos que consumimos podrían estar implicados en diversos trastornos hormonales, tales como trastornos menstruales y reproductivos; ha sido demostrado que muchos agroquímicos actúan como disruptores hormonales. La pandemia de alergias que hoy sufre el mundo está igualmente relacionada.

Por otro lado, es falso que los cultivos orgánicos causen daño a la salud por usar deshechos. Los “deshechos” a los que se refiere este mito son los abonos orgánicos, hechos en base de restos de cosecha y cocina, y estiércol de animales. Estos restos orgánicos se transforman completamente en el proceso conocido como compostaje, donde todos los patógenos son eliminados y la materia se convierte en suelo fértil. Ese es el proceso que alimenta a las plantas en la naturaleza, y es sano y seguro para los seres que evolucionamos en este planeta.

(continúa el artículo en la próxima página)

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