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7 Mitos de la Producción Alimentaria

Por Javier Carrera, Ecuador.
¿Podemos alimentar a la humanidad y regenerar la biosfera al mismo tiempo? En este artículo respondemos 7 mitos sobre la producción alimentaria sostenidos por la agricultura industrial, que se autoproclama como la única alternativa válida.

Los gobiernos y las grandes empresas insisten en que solo la agricultura industrial nos puede salvar del hambre. Los ecologistas advierten que este sistema está destruyendo rápidamente el planeta. Los productores orgánicos y agroecológicos sostienen que pueden producir más alimento, de mejor calidad, y sin dañar el ambiente. Atrapados al final de la cadena de comercialización, los consumidores apenas nos enteramos del debate, y menos aún comprendemos sus consecuencias. Irónicamente, somos los consumidores, invirtiendo día a día en nuestro alimento, quienes decidimos cual será el sistema productivo del mañana, y somos por ello quienes más poder tenemos para modificarlo. Y consumidores somos todos, incluso quienes producimos alimentos.
Nuestra información depende de lo que los medios de comunicación masivos nos dicen, y estos generalmente reflejan los mitos que nuestra sociedad construye. Algunos mitos son promovidos por la industria, otros por la incomprensión de datos científicos, o por técnicos que practican una ciencia a medias.
Ningún mito se construye a partir de la nada. Todos tienen en la base alguna razón; lo que sucede es que esa razón es malinterpretada, exagerada, o ignora ciertos datos cruciales, o deriva en una conclusión absurda a partir de los datos, y así abandonamos el terreno de la verdad comprobable para entrar en el mito. Para quien no conoce los datos relevantes, el mito puede sonar a verdadero. Pero una vez se comprende el contexto, es fácil mirar más allá de las máscaras.

1. Rentabilidad económica
El mito: La producción ecológica no puede ser económicamente rentable.

En el sistema de mercado actual, donde el campesino espera pasivamente a que el intermediario se interese por sus productos, o se contrata siguiendo las exigencias de la empresa comercializadora, este mito puede resultar real. Si dependemos de las fluctuaciones del mercado, si tenemos que competir con productores subsidiados, si no contamos con un mercado seguro, si estamos obligados a seguir las fluctuantes exigencias de los grandes supermercados, es difícil que podamos ganarnos la vida decentemente.
Numerosas experiencias han demostrado que los productos agroecológicos pueden tener una rentabilidad superior a los de cultivo convencional. Por lo general obtienen mejores precios, y sus costos de producción son menores; además, producen una variedad de productos en el mismo espacio.
El problema para los productores agroecológicos está en la comercialización, atada a los modelos convencionales.
En el artículo “¿Es rentable la agroecología?” publicado en la Revista Allpa analizamos algunos casos concretos. Vimos por ejemplo el caso del maíz en la Provincia de Loja, en Ecuador, donde la ganancia del cultivo ecológico triplicaba la del convencional, gracias al ahorro en insumos y la venta combinada de maíz, frijol zarandaja y zapallo. Lo que imposibilitaba la expansión del modelo era la dependencia de los productores en un único sistema de comercialización: el camión de una empresa que hacía la intermediación, comprando únicamente maíz de la variedad industrial Brasilia, y con un control unilateral del precio. Este caso es típico en el agro, y se dificulta más aún con los esquemas de encadenamiento productivo, donde los agricultores se comprometen por contrato con una empresa, corren con todos los riesgos, y no tienen la libertad de colocar sus productos a su conveniencia.
Existe un enorme mercado para los productos agroecológicos, formado por consumidores que buscan alimentos más sanos, producidos de forma ecológica y apoyando al campesinado. Es el sector alimentario que más crece actualmente. De modo que el problema para el productor es realmente el acceso a esos mercados, incluyendo la reducción de la intermediación.
La solución ideada por muchos productores es asociarse, enfrentar juntos problemas como el del transporte, y buscar o crear sus propios mercados. Hay muchas variantes de esta solución: circuitos de comercio solidario, ferias, mercados de granjeros, canastas comunitarias, granjas asociativas. Vivimos un momento de mucha experimentación, y un buen porcentaje de estos experimentos están logrando mantenerse y entregar una ganancia decente a los productores, superior por su valor y constancia a la que ofrece el mercado convencional.

Los productores agroecológicos encuentran mejor salida en sus propios mercados.

Los productores agroecológicos encuentran mejor salida en sus propios mercados.

2. Rendimientos productivos
El mito: La agricultura industrial produce más alimentos por hectárea, y solo ella puede salvar a la humanidad del hambre.

Si nos enfocamos en un solo producto, sembrado en monocultivo, la semilla industrial apoyada por agroquímicos, maquinaria y riego tecnificado, produce una mayor cantidad de ese solitario producto, en condiciones ideales. Por ejemplo, en el mismo estudio citado anteriormente, una hectárea de maíz convencional producía 100 quintales, mientras que una hectárea en policultivo con semilla ancestral dejaba apenas 66 quintales de maíz.
Pero en agroecología no sembramos un producto, sino una diversidad de alimentos. Esa misma hectárea de maíz ancestral rinde además 20 quintales de fréjol, y alrededor de 200 zapallos. Si sumamos los diferentes nutrientes producidos, vemos que el policultivo produce mucho más alimento que el monocultivo. Hay muchos ejemplos de policultivos altamente productivos: la huerta familiar, que en cada lugar del mundo es diferente, pero en todos se caracteriza por estar bajo cultivo intenso y constante, con una asombrosa diversidad de productos, incluyendo hortalizas, frutas, granos, aromáticas y animales; el bosque comestible, que presenta hasta siete niveles verticales distintos, aumentando enormemente la superficie productiva por hectárea; los sistemas mixtos de acuacultura y cultivo, como los camellones y chinampas o los antiguos arrozales integrales. Cualquiera de ellos supera largamente el rendimiento productivo de los monocultivos convencionales.
Hay que sumar a esto la constancia de la producción en el tiempo: la producción agrícola industrial quema rápidamente los recursos, produce grandes cantidades en los primeros años con relativa facilidad, pero con el pasar del tiempo necesita invertir y destruir cada vez más. El resultado final, en muchas partes del mundo, es el abandono de tierras que han quedado contaminadas e improductivas. La agroecología es por el contrario sostenible, lo que significa que mantiene o incluso aumenta sus volúmenes de producción en el tiempo. Si analizamos el alimento producido por ambos sistemas a lo largo de una década o más, en muchos casos el policultivo agroecológico supera largamente en productividad al monocultivo industrial.

Una investigación encargada por el proyecto de Previsiones del Gobierno del Reino Unido sobre el Futuro de los Alimentos y la Agricultura Mundiales examinó 40 proyectos en 20 países africanos en los que se impulsó la intensificación agroecológica durante la década de 2000. Los proyectos abarcaban, entre otros componentes, actividades de mejora de las cosechas, incluyendo cultivos hasta entonces ignorados por los programas de apoyo, conservación de suelos y agroforestería. A principios de 2010 estos proyectos habían reportado beneficios para 10,39 millones de familias campesinas y mejoras en aproximadamente 12,75 millones de hectáreas. En tan solo 3 a 10 años de transición, el rendimiento medio de las cosechas se duplicó, generando un incremento de la producción total de alimentos de 5,79 millones de toneladas al año, equivalente a 557 kg por cada familia de agricultores.

¿Necesitamos de la agroindustria para poder alimentar al planeta? La verdad es que hoy en día, incluso con la baja producción de alimentos generada por la industria, producimos suficiente para alimentar a catorce mil millones de seres humanos, más del doble de la población actual. Lo que ocurre es que estos alimentos están muy mal distribuidos.
El 80% de las personas hambrientas son campesinos o trabajadores agrícolas. ¿Cómo puede ser esto posible, que las personas que producen el alimento sean las que pasan hambre?. La razón es que han perdido su capacidad de producir alimentos debido precisamente al modelo de producción y mercado impuesto por las grandes empresas con la complicidad de los gobiernos. No producen comida: producen bienes para el mercado. El monocultivo reemplazó a la producción de alimentos, por lo que en muchas zonas agrícolas los alimentos son escasos y costosos. Por ejemplo en el sur de la provincia de Loja, Ecuador, donde todos producen maíz para la industria avícola, y gastan sus magras ganancias en fideos y huevos.

Si los campesinos volvieran a producir una diversidad de alimentos, modernizando sus técnicas tradicionales con conocimientos agroecológicos, y si los mercados funcionaran con un enfoque local y sostenible, tendríamos una verdadera abundancia de comida de buena calidad a un costo asequible, para todos y todas.

(continúa el artículo en la próxima página)

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