Fotografía: https://vimeo.com/114290231 (Captura de pantalla)

Rendimiento versus riqueza, medida a medida

Por Vandana Shiva, India.
“El cambio de paradigma hacia la agricultura ecológica requiere nuevas formas de medir sus resultados.”

En su obra “La Estructura de las Revoluciones Científicas”, el físico y filósofo Thomas Kuhn revolucionó la perspectiva histórica de la ciencia al mostrar que ésta no evoluciona de forma linear, en base a hechos objetivos y teóricamente neutros. Más bien, está basada en cambios periódicos de paradigmas, que abren nuevas formas de acercarse a la comprensión de los hechos, creando nuevos valores y marcos de referencia. La noción de la “verdad científica” está definida por el paradigma en el cual los “hechos” son medidos.

Uno de estos cambios de paradigma está ocurriendo actualmente en el campo de la alimentación y la agricultura, a medida que evolucionamos más allá del paradigma de la agricultura industrial y hacia el de la agroecología, o agricultura ecológica. El viejo paradigma está roto, social y ecológicamente. Ha devastado al 75% de la biodiversidad, agua, suelos. La agricultura industrial contribuye con el 40% de los gases de efecto invernadero que están desestabilizando el clima, y aún así es promovida como una solución para el hambre y la pobreza. Lo contrario es más bien cierto: la agricultura industrial ha fallado como sistema alimentario, ha demostrado no tener la capacidad de nutrirnos. Las granjas industriales producen bienes de mercado, no alimentos.

Mil millones de personas están permanentemente hambrientas hoy en día, y dos mil millones sufren de enfermedades relacionadas al alimento industrial. La agricultura industrial ha llevado al desarraigo de millones de pequeños campesinos, que son más eficientes y productivos que las unidades productivas de gran escala.

La agricultura industrial ha sido el paradigma dominante durante el último siglo en el mundo occidental, y por medio siglo en la India, desde la introducción de la Revolución Verde. Este paradigma tiene sus raíces en la guerra. La tecnología de los fertilizantes sintéticos deriva de la tecnología utilizada durante las guerras mundiales para producir explosivos. Los pesticidas de hoy derivan de los gases que atacan al sistema nervioso, usados primero en los campos de concentración y en los campos de batalla. La desaparición de las abejas y otros polinizadores es consecuencia de una mentalidad de “guerra contra las plagas”. La desaparición de la agrobiodiversidad que ha nutrido a la humanidad, con plantas como el amaranto y la quinua, es consecuencia de la guerra contra las “malezas” con peligrosos químicos como los herbicidas y matasemillas. La ingeniería genética es la última generación tecnológica de este viejo paradigma que practica la agricultura como una guerra contra la Tierra. Y en lugar de vencer, controlando “plagas” y “malezas”, ha provocado la aparición de superpongas y supermalezas.

Este sistema industrial va de la mano con monocultivos, y la producción de los monocultivos se mide en términos de rendimiento por hectárea. Solo que nunca se especifica a qué se refiere esta productividad, ni cuales son sus costos.

La Revolución Verde se basa en las llamadas “variedades de alto rendimiento”, como si la productividad dependiera solamente de la semilla y no de los suelos, clima o insumos. Cuando no hay riego en abundancia o acceso a agroquímicos, estas variedades tienen en realidad bajo rendimiento. Las Organización de las Naciones Unidas advirtió que estas variedades industriales deberían llamarse “variedades de alta respuesta” ya que son seleccionadas con el preciso objetivo de responder a los insumos químicos en abundancia, y no son de alto rendimiento por si mismas.

De la misma manera, las variedades campesinas no son intrínsecamente de bajo rendimiento. En cualquier caso, un sistema agrícola se basa en mucho más que en la producción de una sola planta considerada como objeto comercial. Concentrar la atención solamente en el rendimiento reduce la diversidad de productos y servicios ecológicos de un agro ecosistema al rendimiento de una sola especie de interés comercial de corto plazo.

No se toma en cuenta tampoco en esta visión del rendimiento a la biodiversidad presente en el suelo, o en los polinizadores, o la diversidad de alimentos. Tampoco se menciona el hecho de que el sistema industrial gasta diez veces más energía de la que produce como alimento, ni se toman en cuenta las externalidades como el daño ambiental y los peligros para la salud humana derivados del uso de fertilizantes sintéticos, pesticidas y herbicidas. Los costos para la salud de producir estos objetos comerciales nutricionalmente vacíos pero cargados de tóxicos, son ignorados. Los costos derivados del desplazamiento de millones de campesinos y granjeros, son ignorados.

El cambio de paradigma hacia una agricultura ecológica requiere nuevas formas de medir la productividad. La Agroecología es un paradigma sistémico, ya que mira a la agricultura como un todo, con todas sus complejas relaciones.

Los nuevos conceptos en la medida de la productividad que hemos desarrollado en Navdanya reflejan la salud generada por hectárea, y la riqueza general generada por hectárea, en lugar de la visión reduccionista del rendimiento de un cultivo por hectárea.

El estudio que hemos realizado muestra que cuando cultivamos una mayor variedad de especies, la nutrición generada por hectárea aumenta. Y en base a experiencias reales de campo con campesinos, hemos demostrado que podemos producir el doble del alimento necesario manteniendo la misma cantidad de hectáreas en producción en el mundo, si intensificamos las prácticas ecológicas en lugar de intensificar el uso de agroquímicos.

No solo podemos producir más nutrientes de los que necesitamos, podemos además superar las múltiples deficiencias de hierro, zinc, calcio, vitamina A, etc., que resultan de los monocultivos industriales.

Para lograr estos fines, el próximo paso ofrecido por el paradigma industrial son solo falsas promesas, como el arroz dorado y las bananas transgénicas.

La medición de riqueza por hectárea que proponemos mide también las externalidades ecológicas y sociales que se excluyen cuando solo la rentabilidad de un producto es considerada. Algunos de estos costos ocultos llegan a la escalofriante cifra de tres mil doscientos millones de dólares solo en la India. Se incluyen también el peso económico y social de los agricultores cuando se vuelven dependientes de semillas y agroquímicos. Estos costos externos llevan al endeudamiento, y en el caso de los agricultores de la India, la trampa de la deuda a empujado a más de 290.000 a cometer suicidio desde 1995 cuando el país abrió sus mercados a las semillas globalizadas, costosas y no renovables.

Los agricultores familiares de pequeña escala producen el 70% de la comida que comemos. Ayudan a conservar la tierra, el agua y la biodiversidad y detienen el cambio climático reciclando el carbono.

Las mediciones reduccionistas del rendimiento por hectárea es a los sistemas agrícolas lo que el Producto Interno Bruto es a los sistemas económicos. Es hora de que evolucionemos más allá de estos sistemas que solo miden productos comerciales, hacia otros que midan la salud y el bienestar de los ecosistemas y de las comunidades humanas. Mientras que la agricultura industrial está influída por la mentalidad de la guerra que fue su origen, la agricultura ecológica nos permite practicar la paz con la Tierra, el suelo y la sociedad.

El 2015 ha sido declarado como el Año del Suelo. Esto nos ofrece la oportunidad de realizar este cambio de paradigma en la manera en que pensamos y en la manera en que producimos nuestro alimento.

Fuente del artículo: http://www.asianage.com/columnists/yield-vs-wealth-measure-measure-662. Reproducido por autorización de Navdanya Internacional.

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